Lo que nos dejó

El tema de la revista CH de septiembre era “Lo que dejó la gripe H1N1″. Para la sección de tecnología abordamos el lugar preponderante que pasó a ocupar Internet en muchos centros educativos a raíz de la pandemia.

Para profundizar sobre la temática decidimos entrevistar a Guillermo Lutzky, un referente en el área de de nuevas tecnologías y educación. Casi junto con la salida de la revista nos enteramos del fallecimiento de Guillermo, algo que impacto fuertemente en la comunidad argentina de bloggers y twitters.

Además de la claridad con que podía explicar cualquier tema, y del interesantísimo proyecto que estaba llevando adelante en la red de escuelas ORT, Guillermo, era un docente que hacía honor a su profesión.

Por eso desde este espacio queremos compartir la entrevista que le realizamos y que refleja su pensamiento y su compromiso.

¿Qué percibiste con el impacto que produjeron los cierres preventivos en el uso de las nuevas tecnologías dentro de las escuelas? ¿y la de los alumnos?

Fue evidente como algunas instituciones cedieron responsabilidad a otras instancias, no haciéndose cargo de la obligación que tienen para con los estudiantes: permanecer abiertas, estar en contacto con las familias utilizando los medios disponibles, seguir construyendo conocimiento. Algunos docentes, a su vez, mostraron una actitud de desidia, demostrando que se consideran a sí mismos meros empleados, y no practicantes de una profesión que es a la vez un compromiso, en primer lugar con sus alumnos, y luego con las familias.

Sin embargo, hay muchas escuelas y docentes que sí han dado la talla. Esto definitivamente dependió de la respectiva calidad institucional y la de sus docentes. Y en esas escuelas, hubo proyectos y producciones que generan respeto y admiración.

Además, fue impactante ver como en 48 horas los alumnos comenzaron a construir conversación, a hablar entre ellos, a autorregularse y cuidarse, a compartir enlaces y ayudas: En resumen, edificaron una comunidad de práctica, (en algunos casos con la ayuda de docentes comprometidos), reproduciendo lo que con toda seguridad deberán hacer en el futuro tanto en espacios laborales como académicos.

¿Que conclusiones se pueden sacar de esto?

Me parece que debemos reconsiderar lo que significa alfabetizar, una de las misiones principales de la escuela. Es indispensable que la enseñanza y el aprendizaje tengan un componente digital. Claramente, poder leer, escribir y aprobar una prueba no es suficiente para garantizar una adecuada formación.

Nuestros estudiantes deben hoy ser artesanos de la información, capaces de aprender, trabajar, jugar, contribuir, y prosperar en un constantemente cambiante y enriquecedor entorno informacional, como lo han demostrado aquellos a los que les hemos pedido hacerlo en estos días.

¿Puede servir de algo esta experiencia?

Creo de alguna forma, ha ayudado a resquebrajar ciertos mitos acerca del aula sacrosanta, de la deshumanización que provocan las tecnologías, de “yo no puedo hacer esto”, “los docentes no están preparados…”.

Ha aparecido la colaboración. Docentes empezaron a buscar a otros colegas, a crearse una red de consultas, a volver a aprender, y seguramente a reflexionar sobre esta situación y cómo estas prácticas de emergencia lo podrán ayudar a trabajar mejor en el futuro.

Los alumnos cooperaron entre ellos, entendieron que, en la realidad, no todo viene predigerido como en el libro, que debían trabajar juntos, preguntar y tener paciencia esperando la respuesta (lo cual en términos de adolescentes y de nativos digitales es remarcable). Inclusive adaptaron sus prácticas en las redes sociales y generaron espacios de colaboración en las mismas. El “juntamos 5000 votos y Fulano se corta el pelo”, fue reemplazado por “¿alguien sabe como se entrega la tarea de matemática?”

¿Cómo se puede capitalizar lo aprendido?

Y hay que tener la osadía de no perder estas experiencias, e intentar reproducirlas fuera de la emergencia, extendiendo el aula, transparentándola y haciendo más escuela, llegando con la escuela al tiempo libre del alumno.

¿Donde radica la mayor dificultad a la hora de implementar el uso de las nuevas tecnologías por parte de los centros de estudios?

La resistencia al cambio de las instituciones ha sido bien documentada. Todos los avances tecnológicos fueron rechazados o modificados para mantener inmutable la lógica tradicional de la escuela.

Hasta que no aparecen circunstancias impensadas como la que ocurrió con el receso, muy pocas instituciones deciden tomar riesgos y experimentar, redefiniendo las prácticas tradicionales.

Es la responsabilidad de los Ministerios impulsar a las instituciones a adaptarse a esta época de cambio constante: de cambio de los sujetos de la educación, de los medios, de la relevancia de los contenidos, y del contexto. Y es responsabilidad de los padres exigir y simultáneamente apoyar las nuevas propuestas que van surgiendo intentando ayudar a la Escuela y los alumnos a vivir en la Sociedad del Conocimiento.